¿Cómo deben manejarse las partes al finalizar un contrato para no terminar en los tribunales?



En el ámbito empresario, tanto los accionistas, directores y gerentes, como los empleados, clientes y proveedores prefieren involucrarse en relaciones contractuales constantes, seguras, conocidas y confiables que faciliten la continuidad de las actividades y la permanencia de los vínculos.

Desde hace unos 20 años, la jurisprudencia y la doctrina indican que, si bien no es lícito ni tampoco conveniente para el sistema económico que dos empresas estén ligadas de por vida sin poder desandar su camino individual, la ruptura no debe ser inmediata, caprichosa ni banal.

Este postulado no parece injusto. Si el tiempo ha sido consumido por las empresas y ambas han perdurado, algo bueno habrán ejecutado.

Por eso, suena sensato que, como premio al win-win, la despedida sea ejecutada con el menor daño posible para ambas partes y del modo más cordial que las circunstancias permitan.

En ese sentido, la justicia comercial de nuestro país estableció ciertas reglas que gobiernan este tema.
En primer lugar, se debe considerar qué período de tiempo es el que se necesita para establecer la aplicación de los principios enunciados. En general, es necesario que haya transcurrido al menos un año.

Luego se debe analizar la naturaleza del vínculo -si fue de trabajo, de provisión de bienes, de franquicia, de distribución o de transporte, por mencionar algunos-, porque no es igual un tipo de contrato que otro, ni en su forma ni en su esencia, lo cual marcará una diferencia de trato en el análisis de los jueces.
A continuación se tiene que estudiar el contenido del contrato. Esto es, qué previsión tomaron las partes al celebrarlo, sobre cómo, cuándo y cuáles son los mecanismos ponerle fin -por ejemplo por rescisión bilateral, unilateral, por vencimiento, por concurso o quiebra, por agotamiento del objeto, por alteraciones automáticas u objetivas-.

Este aspecto es crucial para determinar si las partes se comportaron tal como se obligaron o, por el contrario, si incumplieron esas previsiones.
Finalmente, se debe observar la existencia o no de culpa de cada una de las partes en el proceso de finalización del acuerdo.

Este es el punto más conflictivo al interior de la empresa porque se dan dos "luchas", por un lado, entre los sectores de administración y consejo -que tratan de aminorar los riesgos- y por el otro de los sectores comerciales que buscan optimizar los resultados.

Esta "lucha" se origina porque ambos tienen contacto con la parte contraria y cada uno tiene una visión diametralmente distinta de cómo y cuándo concluir el vínculo, sopesando los costos de la salida más benévola para la tesorería.
La globalización también ha hecho su aporte en este asunto debido a que ciertos proveedores son globales y por tanto son contratados en las casas matrices, muy lejos de las filiales locales.

De este modo, lo que ocurre en la relación madre impacta localmente, dependiendo de si las filiales están o no en la misma situación que sus controlantes.

Este es un problema de descalce entre los acontecimientos y las posiciones fuera-frontera versus las intra-frontera, debiéndose tener presente que, en muchos casos, los jueces locales han de resolver la realidad vivida localmente, no la externa.

El instituto del preaviso, típico componente de la relación empleador/empleado, también ha hecho camino en esta materia. El preaviso significa que si la relación ha sido duradera, una parte no puede concluir la misma sin prevenir a la otra.

La parte que omite preavisar debidamente tendrá que indemnizar a la contraria, en un módulo que los jueces han predeterminado en base a experiencias de casos similares, por ejemplo con el pago de un mes por cada año de antigüedad del vínculo.

También deberá resarcir la parte que rescindió culpablemente el vínculo tanto por la clientela perdida por la otra parte y la amortización remanente de los bienes y equipos adquiridos para la operación, como la indemnización por despido de los empleados afectados directamente al negocio, la tasa de ganancia habitual de la actividad y, en algunos casos, aunque limitados, también el daño moral.

El mejor modo de evitar las disputas, teniendo que litigar costosos procesos de muchos años y con resultados inciertos, es la prevención.

Se trata de administrar el contrato durante toda su duración, cuanto menos una vez al año haciendo el balance y documentándolo, y no únicamente cuando se desató la batalla entre las empresas que lo firmaron. Esta gestión del contrato existe, tiene sus métodos y sus respuestas y son las grandes empresas las que la llevan a cabo principalmente.

Si bien la concientización sobre la importancia de la gestión de contratos para la salud de la empresa siempre será escasa frente al enorme universo de conflictos que los asesores comerciales o jurídicos tienen que tratar a diario con sus clientes.

Sin embargo no debería incurrirse en el consabido error de creer que no hacen faltan los chequeos cuando todo parece andar bien, ya que el problema suele estar en lo que no se ve. Diagnosticar a tiempo significa contar con el 50% de la solución.

Fuente: iProfesional.com

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